El miércoles 17 de junio de 2026, a las 20:30 horas, vivimos en la parroquia de Santo Domingo de Badajoz una de esas noches que justifican por sí solas el largo camino de ensayos, exigencia y búsqueda musical que sostiene la vida de un coro. Bajo el título Lux Vocalis, el Coro Vocalis ofreció un concierto de música sacra concebido como una invitación al recogimiento, a la escucha interior y a la belleza serena de la palabra cantada.
El marco no pudo ser más adecuado. La parroquia de Santo Domingo, una de las más amplias y significativas de la ciudad, registró un lleno absoluto. El público ocupó el templo en un silencio expectante, envuelto por una cuidada ambientación de luces tenues que transformó el espacio en un lugar de contemplación. No se trataba solo de escuchar un concierto, sino de entrar en una atmósfera: una penumbra cálida, una luz medida, una respiración común y una música destinada a suspender por un instante el ruido cotidiano.
El repertorio elegido suponía un desafío artístico considerable. Lux Vocalis reunió obras sacras de gran profundidad expresiva, pertenecientes a una tradición coral que va desde la herencia romántica hasta la espiritualidad contemporánea. Páginas que no admiten artificio: reclaman afinación precisa, sonido transparente, control del silencio y una entrega interpretativa capaz de transmitir sin exceso, de conmover sin subrayar.
El recorrido musical de Lux Vocalis se articuló como una ascensión progresiva desde la plegaria sencilla hasta la plenitud luminosa del canto coral. Signore delle cime, de Giuseppe Marzi, abrió la velada con su sobria emoción alpina, casi como una oración suspendida entre la tierra y el cielo, dando paso al recogimiento clásico del Santo de Schubert y a la pureza devocional de O Sanctissima, donde la tradición anónima adquiere la transparencia de lo intemporal. Con The Lamb, de John Tavener, el concierto entró en una dimensión más contemplativa y esencial, marcada por una escritura desnuda, exigente y profundamente espiritual. Esa atmósfera encontró continuidad en el Ubi Caritas de Ola Gjeilo, de armonías envolventes y serenidad expansiva, y en el extraordinario Abendlied de Josef Rheinberger, una de las cumbres del romanticismo coral sacro, donde cada una de sus seis líneas melódicas parece avanzar entrelazándose con una nobleza serena y crepuscular. El Ave Maria de Franz Biebl a doble coro constituyó uno de los momentos de mayor intensidad emocional de la noche, por su equilibrio entre solemnidad litúrgica, amplitud sonora y delicadeza expresiva. A continuación, Amazing Grace, sobre el célebre texto de John Newton, aportó una dimensión más íntima y universal de esperanza, mientras que Abide with Me, en el arreglo a cinco voces de Greg Jasperse, cerró el programa con una hondura profundamente humana, casi elegíaca, sostenida por una escritura coral de gran sensibilidad usando armonías provenientes de la tradición del espiritual y del jazz. Como propina, fuera de programa, se interpretó The Battle of Jericho, en el poderoso arreglo de Moses Hogan, que irrumpió con energía, ritmo y vitalidad, ofreciendo un contraste vibrante que puso el broche final a una noche de espiritualidad, belleza y emoción compartida.
El conjunto del programa permitió al Coro Vocalis explorar una paleta sonora amplia y exigente: desde la transparencia casi mística hasta la plenitud armónica; desde el susurro contenido hasta la afirmación luminosa del canto coral. En todo momento, la música pareció dialogar con el espacio, con la piedra, con la penumbra y con la atención emocionada de un numeroso público que escuchó con respeto y respondió al final con un aplauso largo, cálido y agradecido.
Para nosotros, Lux Vocalis ha sido mucho más que un concierto. Ha sido una experiencia de concentración, de madurez musical y de comunión artística. Cantar este repertorio en Santo Domingo, ante una iglesia completamente llena y en un clima tan profundamente propicio para la meditación, nos permitió recordar que la música coral sacra conserva intacta su capacidad de tocar lo esencial: aquello que no siempre puede decirse con palabras, pero que encuentra en la voz humana su forma más directa y conmovedora.
Queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento a la parroquia de Santo Domingo por acogernos con tanta generosidad y, de manera muy especial, a sus párrocos David y Emanuel, cuya disponibilidad, cercanía y apoyo hicieron posible esta velada. Gracias también a todas las personas que nos acompañaron y llenaron el templo de escucha, silencio y emoción.
Esa noche, en Santo Domingo, la luz no solo entró por las lámparas ni por los rincones del templo. La luz estuvo en las voces, en la música, en la mirada del público y en ese instante compartido en el que el canto dejó de ser únicamente sonido para convertirse en memoria.









Deja un comentario